Mis pies duermen a escasos metros del ventilador que pone en movimiento el aire, que de lo contrario, estaría quieto.
Una velocidad media es suficiente para que todo mi cuerpo sienta un ligero placer, que de lo contrario, sería sofoco.
En un momento de la noche, un olor muy pestilente, empujado por una fuerza mecánica, se mete de lleno en mi nariz, hasta lo más hondo de mis cavidades nasales.
En duermevela, me imagino que una fuerza invisible está rociando el lugar con algún producto experimental para aniquilar a la población. Por suerte o por miedo, salgo del estado de duermevela, me incorporo en la cama y me doy cuenta de que el posible agente naranja ha salido de dentro de mí.
Me tumbo de nuevo. Nadie va a morir.